Las crónicas de Don Chon (3)

YO SOY ESCARTAPO

[Memorias por parte del autor respecto a su participación en el grito que la FIFA busca eliminar por parte de la afición mexicana, sucedidas las mismas dentro del partido México contra Jamaica por parte de la Copa América Centenario en el Rose Bowl de Pasadena, California, un Jueves, 9 de junio del 2016]

 

Mientras corría mis vueltas a la cuadra (cuesta arriba en dirección al sur y cuesta abajo regresando al norte), buscando ganarle la carrera a la diabetes y la alta presión, me topé a lo lejos con Don Chon quien me pidió acompañarlo en lo que iba a su casa, que por qué me quería decir unas cosas.

Al ir caminando a la par del abarrotero, nació en mi el reconocimiento de saber a donde le estaba tirando Don Chon con sus argumentos; pero de igual manera, nació una pregunta que nunca antes me había interesado: “¿en dónde vive Don Chon?”. Respuesta que obtendría más adelante y solamente a medias.

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“a ver sicierto ¿no qué no?”—acusó finalmente Don Chon, regresándome a la sudada realidad. Pero pues como yo ya le había dicho que sí, entonces, ¿ni modo que no? y todo esto yo sé que me lo cuestiona por la platica anterior que tuvimos, donde salió a relucir el grito ese mañoso y latoso al despertar el portero contrario.

Sí—finalmente le contesté al hombre de corta estatura.

Fue hace como un año que sucedió, en el México contra Jamaica de la Copa América Centenario, pero a final de cuentas fue.

Por eso ni modo de decirle cosas que no son ciertas, yo ya le había dado a entender, cuando recién le había platicado que asistí al partido, que fui partícipe del cántico homofóbico. Curiosamente, por lo menos en mi experiencia, lo viví de muchas maneras, ya que fui partícipe como aficionado al Tri; pero de esos que dicen “ni madres no me importa la selección” en público, pero que ahí andan despejando la agenda cuando se dan cuenta que juega la selección y tienen compromiso previo.

De igual manera viví lo sucedido como una novedad, ya que acompañándome se encontraba mi esposa y sus compañeros de trabajo (el dueño de su empresa y asociados). Cabe mencionar que a pesar de tener todos ellos nombres y apellidos hispanos, su lengua madre es el inglés y su equipo es el de las barras y las estrellas. Sin embargo todos ellos, al llegar al Rose Bowl mi esposa y yo, comenzaron a preguntarnos, debido a nuestro experto manejo del español, respecto al grito y la manera y el momento en el que debían gritar Puto (que no hay mucho pierde respecto a la inflexión de la palabra la verdad, pero ahí andaban afinando detalles).

Dentro del estadio, en el graderío, se sucedieron uno, dos, tres despejes de meta por parte del portero jamaiquino y se escuchó una, dos, tres veces el grito. A la cuarta ocasión, cuando el portero se tomó más de la cuenta para despejar, las personas junto a nosotros extendieron sus manos hacia el portero y comenzaron ese zumbido de: “eeeeeeeeeeh”, que continúa en crescendo “EEEEEEEEEH”, esperando el despeje de portería; el cual, nuevamente, no llegaba.

Debido a la demora, la persona a mi derecha llamó mi atención con un codazo suave y me miró subiendo y bajando sus cejas, su mensaje: “únete ca’ón”. Me uní. “eeeeeeeeeeeeEEEEEEEEEEEEH  ¡Puto!”.

Risas por doquier. Mi esposa y sus compañeros de trabajo aplaudían y reían, y después aplaudían a Chichadios por habernos bendecido la tarde con un gol.

El quinto despeje de meta fue la mesma; gritamos y nos reímos todos, como cuando dicen groserías los niños imitando a los adultos. El sexto… ahí cambió la dinámica.

El portero jamaiquino nuevamente se demoró y al enfilarse a despejar, se detuvo y acomodó el balón de nueva cuenta; sin embargo, el público presente se fue con la finta y gritaron antes de tiempo.

Así que al acomodar el balón el portero, y demorarse nuevamente, comenzó el murmullo en crescendo y, nuevamente, se fueron todos con la finta ya que no despejó el amigo. Y ahí sí, despertó la perrada.

“¡Pinche negro ya le gustó ser puto!” gritó alguien del graderío y estallaron las carcajadas en la cabecera donde nos encontrábamos. Seguido todo esto por un cántico similar a una canción de Molotov.

La esposa del jefe de mi esposa nos miró y preguntó entre sonrisas: “what did that guy scream?

Nothing.

 

Supongo que pude haber sido menos dramático y decirle la verdad de lo que aquel individuo espetó, pero fue en ese momento que miré un par de filas delante de nuestro grupo, a un pequeño contingente de fanáticos de los Reggae Boyzz (la selección jamaiquina, no el grupo musical). Pero no fue solamente el hecho de verlos con sus jerseys verdiamarillas con negro lo que suscitó un cambió dentro de mi; vi también sus rostros y lo que ellos transmitían.

Había comprensión en los mismos—o por lo menos en los ojos mielosos del hombre de piel oscura y rastras con quien mi mirada se topó. Ellos sabían, con el entendimiento que el vox populi da, que la mayoría de los aficionados dentro del Rose Bowl estaban ululando algo no necesariamente positivo, no estaban nada más cantando una porra; estaban todos ellos gritando algo con agresión, con la valentía supuesta de la diferencia de lenguaje, con el valor que nace de andar haciendo fechorías en bola en vez de uno solo.

Así que al séptimo despeje de portería por parte del guardameta isleño, guardé silencio. De nueva cuenta al siguiente, y al siguiente. Y así hasta que terminaron los 90 minutos y venció México a su contrincante.

La realidad es que sí fui partícipe, no me puedo ocultar el ego y decir que no, que no es cierto, que yo nunca hice algo malo. Fui el aficionado número 67,432 dentro del estadio que gritó lo que la FIFA no quiere que se grite.

Y la verdad es que sí puede sonar medio hipócrita que ande metiendo las manos por la organización suiza que disque quiere limpiar el juego—en previas columnas, léalas, no se arrepentirá tanto. Esto siendo yo también culpable de lo mismo; pero la diferencia radica en el entendimiento. Que gacho y que feo que yo haya insultado al equipo nacional de Jamaica en aquella tarde fresca; sin embargo, obtuve el entendimiento suficiente para abstenerme del mismo sin la necesidad de una amonestación por escrito.

Sí, es muy fácil decir que si uno ya pecó ya no puede decir nada ni para un lado ni para el otro. Pero también hay que ver lo que sucedió y como sucedió previo a lo que está ocurriendo en la actualidad. Digo, ahí andan todos ahorita con su dios guarde por que Juan Carlos Osorio diga groserías durante el juego, mientras que por otro lado el Piojo se agarra a madrazos con Martinoli y ahí sí, que chusco, que chistoso, que curioso y pícaro es el mexicano—finalicé mi narrativa para con Don Chon.

 

“sí pues, ya sé como dice, como la película del Kubrick, la del Scartapus”—Spartacus le corregí no queriendo sonar soberbio, o mamón por lo menos—“¿pues qué dije? Scartapus es lo que dije, ya ve que sí sé”

Y sí, tiene razón Don Chon (creo yo). Que todos somos como el Espartaco. Todos hemos cometido una atrocidad moral por aquí o por allá. Tenemos una cola o un rabo que cuelga peligrosamente de nuestro coxis exponiéndose a ser pisado—me parece fue a lo que Don Chon se refería, es lo que pensé mientras me contaba que el también gritó lo mismo una vez en el estadio Jalisco.

Sin embargo, nuestra conversación fue abruptamente interrumpida al detenerse mi amigo de las piernas cortas frente a una residencia de ladrillo y de muy buen ver. Me sentí avergonzado al ser mi prejuicio expuesto de manera tan grande, ya que la sorpresa era visible en mi rostro: “¡Aquí vive Don Chon!”. En vez de sentirme alegre por un compatriota de la tierra donde nacieron mis padres, quien a base de trabajo duro logró hacerse de un honroso y bien visto hogar, lo juzgué por sus ropas y su sombrerito de campo (que haga o no haga sol siempre trae a la mano).

Ahí estaba yo, erróneamente hablándole respecto a insultos y tradición, respecto a conveniencia e ignorancia, respecto a prejuicio y malicia. Mientras que el buen y humilde hombre de negocios—de seguro al ver mi reacción—se mostraba inamovible, inmutable, callado y con la mirada rehuyendo la mía, observando el horizonte detrás de mi persona.

Me pareció que esperaba el señor mi retirada, a riesgo de tener que invitarme a pasar o algo así, siendo que me había comportado de manera poco intelectual y propia hacia Don Chon. Y fue él mismo quien me salvo de ahogarme en mi mar de prejuicios y errores.

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Hogar frente al cual se detuvo Don Chon

óra’ pues, ahí luego le seguimos”—dijo Don Chon, mientras abordaba el autobús de LA Metro que leía “91 Downtown LA – Hill – Venice”.

Y fue así que supe que Don Chon no vive en Glendale.

 

El Desierto (3)

jardin de la mort

[Todas las imágenes, fotografías y objetos pertenecen a la familia Walker]

 

En algún momento de mi vida adulta, o como adulto-joven, acepté la mortalidad como una realidad inevitable, en gran parte debido al hecho de que me relaciono con personas de edad mayor a la mía. Por lo que, matemáticamente o biológicamente, era inevitable el hecho de que me llegaría el momento de ser testigo del fallecimiento de alguno de mis conocidos.

Antes de continuar el presente texto, haré mención respecto al hecho de que aquí en específico, voy a referirme a un grupo de personas que me llevan como mínimo unos diez años de edad (aunque algunos me doblan el podómetro biológico), sin necesariamente hacer un juicio respecto a los mismos debido a su edad.

Se llaman a si mismos “los niños de Kate” (Kate’s Children, en su original inglés), y la pasión de todos ellos es la literatura. Tanto la acción del consumo de la misma, dícese: leer un libro; como de igual manera el ser partícipes, cada quien a su manera y a su extensión, en la creación de la misma, dícese: escribir.

Ese era el nexo que nos unía a todos nosotros: La literatura.

Las historias, las palabras, la conexión de sustantivo con adjetivo, la discusión respecto a la narrativa de primera persona o tercera persona o segunda persona (muy complicada y exquisita, decían ellos), la escritura creativa contra reloj. En fin.

 

Lamentablemente, esa niñez a la que hacían referencia era solamente un estado mental y/o creativo. Ya que la verdad biológica hizo que, poco a poco, sus cuerpos humanos comenzaran a traicionarles, con la misma indignidad y crueldad que observé sufrir a mis abuelos maternos primero y después a mi abuelo paterno—cuando todos ellos iban dejando está vida por la frialdad desconocida de la muerte.

Fueron varios los ejemplos de indignidad y crueldad cronológico-humana los que se vivieron de manera comunal en las cafeterías y bibliotecas de la ciudad de Glendale:

Hubo una mujer quien un día sufrió una ruptura de tendón, esto cuando al parecer caminó de más mientras visitaba el farmer’s market de Pasadena con algún conocido o conocida particular.

Hubo un hombre quien un día tuvo que ausentarse debido a que el día anterior consumió harto alcohol, y a sus alturas la edad ya no le permitía lidiar con cruda y resaca como lo hacía hace escasos 6 años.

Hubo una dama quien se excusó por varias semanas por el motivo de que su título, tanto honorífico como profesional, de madre de dos hijas le requería tomar parte en un campamento de verano ya hace algunos ayeres.

Hubo un caballero quien requirió reclusión en una alcoba a oscuras y silenciosa debido a que su trabajo como ingeniero de sonido lo remitió a una sordera breve, después de una jornada laboral que duró tres días.

En fin, han ocurrido un sinfín de eventos ajenos al arte de las palabras dentro de ese círculo literario (por llamarle de alguna manera). Yo fui partícipe o testigo de algunos varios de ellos—quizás muchitos, entrando de nueva cuenta en las matemáticas. Mientras que otros tantos me tocó solamente escucharlos, o vivirlos, a través del correo electrónico que circula semanalmente.

Fue gracias a ese aviso semanal—debido a que me ausenté casi por completo del grupo estos últimos dos años; por aquello de haber regresado a la escuela y tener que aplicarme en los estudios—que me enteré del fallecimiento de uno de los miembros de tan interesante colectivo: la señora T. A. Walker.

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All images, photographs, and objects belong to the Walker family

Yo la conocí después de haber tenido ella una vida plena, después de haber sido estilista en el salvaje mundo del Hollywood de los 70s y 80s, después de haber sido nominada para Emmys y ganar premios otorgados a maquillistas y estilistas, y también después de haber fundado una organización de caridad llamada Big Girls Don’t Cry Inc., para ayudar a mujeres víctimas de violencia doméstica y/o abuso sexual—organización hoy, lamentablemente, disuelta.

Es todo lo anteriormente mencionado una breve fracción de la vida de Toni. Una muy breve fracción de una vida que apenas alcancé a conocer. Lo supe desde antes. Pero el estar de pie en la sala de los jardines curiosamente llamados Descanso Gardens, frente a tantas otras personas que la conocían, hizo inequívoca la verdad matemática respecto al conocimiento que yo tenía de esa mujer: una breve fracción.

Me parece curioso que tan breve conocimiento de una persona deje un impacto como el sentido por su servidor; sin embargo, estando rodeado de quienes de verdad la conocían, de quienes de verdad convivieron con ella, dio una certeza concreta a lo sentido. Fui asistido a entender que de verdad me había topado con una persona noble y fuerte, y que la conversación que tuvimos respecto a Basquiat no era un excentricismo nacido en aires de grandeza artística; era más bien una extensión de una personalidad indomable y llena de amor ante la enormidad de la vida y el arte dentro de ella: en la naturaleza, en los sonidos, en la comida, dentro de los humanos.

Me parece que ella lo sintetizó de manera apropiada al decirme: “…it’s the souls that are pained the most who are capable of the most beauty”. En su momento no pensé más que lo que piensa un joven al ser expuesto al conocimiento inherente de la edad y la experiencia. Pero al conocerla en muerte, al ver los sueños reflejados en fotografías de hace más de medio siglo, pensé que sería mejor si lo que me dijo no fuera tan cierto como lo es. De esa manera eso significaría que ella no habría encontrado dolor en su vida, solamente el amor de quienes se encontraban en esa sala y tantos otros más. Pero la realidad es otra. La realidad es que sí hubo dolor y sufrimiento en su vida, pero si su muerte me enseñó algo es que ella decidió ver más allá de dichos accidentes propios de la humanidad.

Y me pareció tan curioso ayer, pero a la vez tan adecuado, que el último adiós se diera en un lugar como Descanso Gardens: rodeado de tanta belleza en un acontecimiento de tanto dolor. Quizás así, con ese contraste de imágenes, es que mejor puede ejemplificarse la vida de ella—porque usualmente así es la vida de una mujer: tanta belleza y tanto dolor de mano en mano. Y ella lo vivió y lo asimiló gracias a sus escritos, los cuales compartía de una manera cándida y cálida, donde nos regalaba una visión a un pasado el cual nosotros no entenderíamos pero, gracias a ella, tampoco olvidaremos.

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All images, photographs, and objects belong to the Walker family

T. A.—a ti directamente te digo—yo sé que me dijiste que las almas heridas son aquellas capaces de gran belleza; pero no quisiera creerlo completamente. No por que piense que no hayas tenido la razón, sino por que eso implicaría entonces, que tu alma fue herida. Nada que diga o escriba cambiará el hecho de tu ausencia a quienes más te necesitan; sin embargo, debo de igual manera decirte adiós y, de alguna manera en algún momento, honrar tus memorias como mejor pueda hacerlo.

Descansa en paz T. A. Walker.

Las crónicas de Don Chon (2)

NO SE VALE (O VALE GAVER)

[Sepa el lector que el posterior texto fue escrito por el autor previo al encuentro entre las selecciones nacionales de futbol asociación de Nueva Zelanda y México, el día 21 de junio, 2017. A final de cuentas parte de lo mencionado en párrafos siguientes no parece haber sido un factor determinante; por lo menos dependiendo del medio de comunicación que siga, ya que algunos hicieron referencia a “secciones pequeñas del público” y otros omitieron el tema controversial por completo. El autor admite de igual manera una totalidad de 3,476 groserías espetadas a la fecha, una de ellas ocurrida en un estadio…]

 

Me reporté con Don Chon el otro día, después de regresar de mis viajes de trabajo, estudiantiles, políticos y anexos—diría “El Perro” Bermúdez. Me recibió como siempre el abarrotero: de buena gana; por que a final de cuentas sabe que me va a hacer comprar unas papitas y una soda.

Y luego luego (dirían en Las Bugambilias, Hermosillo, Sonora, México) de llegar e intercambiar saludos, se dispone en ponerme al tanto de lo ocurrido en la Copa Confederaciones Rusia 2017. Esto debido a que me perdí la jornada inaugural de la competencia por el viaje otrora mencionado.

Dijo Don Chon que el uso de la tecnología va a terminar de matar al juego, que Rusia sí trae selección este año, que Chichadeus metió gol y que con él nada nos faltará puesto que es nuestro pastor y salvador, que quien sabe que fregados hace Layún en la selección, que Héctor Moreno va que vuela pa’ ser el nuevo Claudio Suárez; en fin, le sale lo azteca al buen hombre.

Pero, como suele suceder, llegamos a un punto de divergencia en la conversación: “son mamadas políticas”—atestaba el hombre de negocios. Y con ese lenguaje tan colorido, mismo que si se trata de limpiar no deja un enunciado coherente y digno de ser repetido, me parecía que daba validez a sus contrarios, en vez de mostrar el por qué son (como dijo en su vocablo coloquial) mamadas.

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Don Chon Inc. LLC

Resulta que FIFA, organismo que gobierna el futbol asociación, ya está tratando de ponerle un alto a algo que—ahora resulta—es tradición mexicana y, por ende, del futbol. Y no, no voy a censurar en posteriores párrafos lo que ellos buscan censurar, por que ya todos sabemos a que nos referimos; y, encima de eso, estoy citando textualmente a los fanáticos mexicanos. Es decir: el grito de “¡Puto!” al momento de despejar el portero contrario. Mismo que ha existido, por lo menos de acuerdo al conocimiento que tengo, desde que mi padre rondaba las aulas y pasillos de la Universidad Nacional Autónoma de México (circa 1978).

Por un lado sale Juan Carlos Osorio, el hoy director técnico de El Tri, a decir que todo es un malentendido internacional y que “no significa lo que creen que significa”.

Si uno cree en la inocencia del alma humana y la belleza del lenguaje expresivo, o en Don Chon, se le podría dar el beneficio de la duda al profe Osorio. Esto debido al reconocimiento histórico y léxico que se la ha dado al pueblo mexicano en lo que respecta a su uso del lenguaje español y su creación de coloquialismos, gentilicios, apodos, regionalismos y prosopopeya. Para ejemplificar, bien sabemos que Puto—ignorantemente, históricamente—es aquel hombre homosexual quien encima de su predilección por el falo, se dice es afeminado, muestra gusto por las telenovelas, los colores chillantes y, como decía un cómico guaymense de renombre, jotear. Ahora que a un conocido quien va de mujer en mujer, dándoles cama a todas sin crear necesariamente una relación emocional, puede ser llamado Puto de igual manera; pero solo por su grupo de amigos cercanos. Y, para terminar la santísima trinidad léxica, alguien quien se echa pa’tras, que le pedalea a las promesas, quien no le entra al tiro, quien exhibe cobardía al rajarse, será también un Puto.

“Por eso son mamadas”—sentenció Don Chon, después de expuesta su defensa al Putismo—“están agarrándola contra los puros mexicanos, es nomás en contra de nosotros, las mismas chingaderas de siempre, se van contra nuestras tradiciones”.

Bueno, pueden ser las de siempre, pero ¿son chingaderas?—repliqué a mi interlocutor.

 

Sí, el mexicano y su lenguaje son muy vivos, bien dicen en los pueblos de Aconchi y Oputo que uno “tiene más salidas que un cerco agujerado”. Sí, existe el sustrato semántico que historiadores y albañiles utilizan para defender lo que le espetan a personas del sexo femenino pasándolo, según ellos, como “piropos”. Sí, Chichadeus es nuestro pastor y con él nada nos faltará.

Pero tampoco podemos hacernos pato tan duro y por tanto tiempo, como para olvidar el hecho de que, en el nexo interno de su historia, a niveles atómicos y subatómicos de su ortografía e historia lingüística, el término Puto ha sido, sigue siendo, y, hasta que termine el falocentrismo mexicano, seguirá siendo usado como insulto primordialmente, primero dios. A poco no ha escuchado antes de cada tiro, pleito, pelea o contienda, desde la primaria hasta la edad adulta, a un contrincante gritarle al otro: “¡ábrete Puto!”—le propuse a Don Chon.

Y como aparte curioso, si no es insulto o nacido como tal, entonces ¿por qué el femenino de dicho organismo es considerado como la mejor, más común y más fácil manera de agredir verbalmente a una mujer? Usualmente precediéndole la palabra pinche.

Sí, es tradición—le dije al abarrotero cuando una mujer y sus tres críos dejaron el establecimiento—pero no de las buenas, ni de futbol. Uno podría proponer, que es una tradición de insulto y violencia.

’sas son jaladas mentales”—citó textualmente Don Chon a José Ramón Fernández, uno de sus ídolos—“¿A ver? ¿A que otro país lo castigan así? es puro odio y miedo al Tri”.

Bueno, hay tradiciones del futbol que pueden ser consideradas desde universales hasta locales como lo son: los jugadores calentando en la cancha antes de iniciar el partido pero cuando los aficionados ya se encuentran dentro del inmueble, la formación lado a lado para los himnos y fotografías antes de iniciar la contienda, la hinchada caminando en unísono al estadio, el intercambio de banderines previo al partido y camisetas después de, en fin.

Pero estaríamos peligrosamente mal informados si creemos que, conforme la sociedad humana ha evolucionado a través de la historia, las tradiciones del deporte y el aficionado NO han cambiado. Se han impuesto castigos a clubes y selecciones por comportamientos y conductas antideportivas, por cánticos o conductas racistas u homofóbicas (de entrada se pueden nombrar al Chelsea FC y a la selección Rusa recientemente).

Y de igual manera en la sociedad misma, han ocurrido cambios respecto a lo que es aceptable en una interacción social. Si uno cree que es nomás en México y al mexicano, ahí si pasa de mal informado a errado—le decía a Don Chon mientras atendía sus transacciones de negocios. En Alemania la swástica y las imágenes del Nationalsozialistische Deutshe Arbeiterpartei (el partido Nazi) son ilegales por razones y motivos históricamente obvios. Mientras que en los Estados Unidos de América, la sociedad misma poco a poco llevó a un desuso público (aunque no a una ilegalización) lo que hoy es conocido como “The N-word”, ¿o sea? Nigger—esto por supuesto lo susurré dentro de los abarrotes, después de haberme asegurado que ninguna persona afroamericana se encontrara en una distancia de 5 millas a la redonda.

’ira”—comenzó Don Chon con seriedad, después de meditar lo escuchado por unos segundos al terminar mi soliloquio—“es que todos sabemos que sí es en contra de los mexicanos”.

Repitiendo de esta manera el buen señor lo que todos los “incondicionales” de El Tri dicen al ser presentados con argumentos y/o evidencia respecto a este Puto detalle. Mismo que parece preocuparles mucho más que el #gasolinazo, el incremento de inseguridad pública en cada comunidad de la república, la disparidad respecto al porcentaje de población que vive bajo el índice de pobreza (no obstante el hombre más rico del mundo, 2010-2013, fuera mexicano), la intrínseca relación de la iglesia católica con la política mexicana; en fin, prioridades de la vida.

Yo no le puedo negar a Don Chon que el señor Infantino, actual presidente de FIFA, esté ensañado contra el cántico de Puto. Así como Mr. Ch no me puede negar lo que anteriormente le expuse.

La realidad que tenemos que ver ambos dos, es que siempre existirán personas que resistan el cambio (aunque sea este percibido como positivo por un porcentaje mayoritario de la población): Sí, la nación de Alemania hizo cambios respecto a sus tradiciones patrióticas y políticas; sin embargo aun existen focos de actividad Neo-Nazi y de la extrema derecha militante. Sí, ciertos coloquialismos han visto su uso descontinuado en el habla diaria americana; sin embargo el uso privado de los mismos continúa, y de igual manera han nacido coloquialismos secretos—aunque ni tanto, ahí está Andre Iguodala (jugador de los Golden State Warriors) escribiendo en Twittermah ninja slick”, como si no supiéramos a que se refiere con ninja.

Y así nos podemos ir: la bandera de la confederación en el sur americano, la visión del chilango como sub-humano en el norte de México, el apartheid que aun causa estragos en Sudáfrica, la relegación y deshumanización social históricas del sexo femenino en Japón y Corea.

No es nada más en contra del mexicano—le dije queriendo terminar el asunto, por que luego Don Chon te hace comprar cosas que no necesitas cuando le pides el baño—y si lo es habrá que entender, o por lo menos admitir, que existe la posibilidad de que sí esté sucediendo algo que nació en la picardía, creció en la tradición y envejeció a la grosería.

O que, ¿a poco todavía se juega futbol con balón de tiento, sin espinilleras y con botas de minero porque “son tradición”? Ahí es cuando pasa el fanático de la tradición a la conveniencia.

 

Echoes of the City (3)

die Haupstadt

I had never thought about it.

And even despite the fact that in my younger days I visited Mexico City, I truly had never given further consideration to the idea, the locale, the topography, to any of it really, to all the asides and accompaniments to that particular idea—or essence of one.

It’s something that happened.

It could be called a reward of sorts—though the reality is that it’s a position to be fulfilled which took me there—, the fact of it having happened twice now with a potential third time in the mid-term future (not too distant, not too close).

I’m talking about my visits to Washington D.C., the capital, land of democracy, congress, senate and the separations of power.

Or so the American legends go…

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The circumstances of the trip itself are derived from my decision of returning to school (after a 10 year hiatus in my studies), but that decision and everything that followed, elicits different feelings to those that I had after visiting “the shrine of American democracy”—maybe I’ll expand my thoughts regarding said feelings, the back to school ones, on some other time.

Granted, the current political climate and circumstances are much different to those of a year ago, when I ventured on my first trip to D.C., but the feelings that such a place stirred within me remained the same (much like the hot, humid atmospheric climate was the same).

When you lay your eyes on the city itself, you realize it’s made and designed to be imposing and even majestic, some would argue: The streets crisscrossing each other in one-way directions, the even-heighted architecture, the sobering reality of interests and counter-interests embodied in competing embassies that stand tall against each other, and, of course, there’re the monuments.

Yes, the monuments, memorials, parks, plaques and remembrances to historical figures—heroes some call them—who contributed to the development of this nation: presidents, warriors, politicians, and, sparsely, the regular men and women who carried the weight of a nation on their backs, either in freedom or servitude.

Last year I visited more of them than this year, last year I stood before the memorial to Abraham Lincoln, I stood before and walked the edges of the reflecting pool that stands between memorials and before the Romanesque pillars that enshrine the statue of he who is known to posterity as “honest Abe”.

And it was thanks to him and his memory that I felt it. I felt that connection, that feeling, that longing to say: “I too am an American, I descend historically from you great sir and my life will now be forever devoted to the historical essence of greatness that you have gifted your children; all of us, citizens of this nation”.

But I remained silent, reading his words—tinged with indelible greatness—such as they were, carved at each side of his towering stone effigy.

I also walked the semi-circles that memorialize those members of “The Greatest Generation” who were lost forever, either in the islands of the Pacific, or in the fields of Europe or Africa. There, among all the names, must lay a friend, an acquaintance, a known person to the man who would in time become my grandfather, he who fought and survived were others were unable.

EOTC3 (5)

But that was then. Now we celebrated peace, the greatness of humanity, the greatness and divinity of human imagination. We celebrated art.

I must make it clear, again, that it was in effect a working visit to the nation’s capital more than anything else; but still, we were rewarded with a visit to the National Gallery of Art—place I had never visited before.

It had quite the effect on me.

From the gorgeous architecture of the building itself, to the niches, domes and rotundas inside, to the second-floor gardens and fountains, to the art contained therein, to Molly our #MuseumHack guide, to the group of people with whom I walked the streets—and shared Uber and Lyft rides—, to the enormity of the National Mall and the museums, offices and specific departments of this nation’s government surrounding the museum. It was awe inspiring, daunting, and invigorating.

Of course, it could also be that since I was with a group of students (albeit younger, much younger than me) who voiced agreement to some of my ideas, who voiced a concern for the future, who voiced a love for the intellectual and scholarly pursuits on top of the want to better the reach of our organization’s members—since, after all, that was the purpose of my visit—; that may have also shaped the sentiment and the way I processed and understood all of what I saw before me.

The man-made capital of a nation who professes not perfection, but an experiment in evolution, an experiment of a “more perfect union”—this implying that perfection has NOT been achieved.

It could also be that since it was my second time around the feelings of being out of place, of being alien to everything had somewhat dissipated from my worrisome inner self.

It could be that standing before the turn-of-the-century brick buildings that are now gastropubs, I saw the passage of time; caring not for the memories of the long forgotten hands that shaped those places, brick by brick.

It could be that standing before the portraits of presidents long-forgotten, of wars that never should’ve been fought, I saw the blood-lines of my own family; scurrying down time and human divisions, until they come to rest and shape the imperfect being that I am, now carrying that blood and their memories.

The reality is that it could have been so many other things and there could have been an infinity of variables; or there could’ve been none of those things and maybe there couldn’t have been a single reason or variable to make me feel what I feel and be who I am.

But, no matter the reasons, it was. And I was—both there, in the location, and in action/existence.

I took part of it and even to those whom I look up for inspiration or guidance, were also acknowledging of what I have done and they haven’t. And part of it, was also taken with me, forever.

So yes, I was there. In the capital, in the streets, in the museums, I lived and breathed the air of a different city. I saw and felt the breeze streaming through the Potomac River. I gazed and took in all the symmetrical constructions around me.

And, in the end, I came back; from one city to another, from the capital to my home. With the knowledge that I had changed, just as much as both cities had since before my time, during my time, and just like they will also change, much after I’m gone—always searching that more perfect status, always in constant movement.

Echoes of the City (2)

[Reader: Be aware that the following text contains information regarding the news heard on the radio which in itself has content of a religious and political nature. It is not a statement from the author, but rather a reaction to the news around us]

It was Wednesday morning, maybe a typical morning (maybe atypical), yet morning nonetheless. It’s just me, driving through surface streets, avoiding the morning rush of the freeways. My companion, as it usually happens, is the radio—public radio at that.

I tune in, and the morning deluge begins:

“…Southern Baptist Convention has made changes to their bibles and released what they are calling ‘The New Christian Edition Bible’ which reads differently in certain parts to become more inclusive…”

And the piece goes on. They tell us about how “at risk” the Southern Baptists are due to their congregations being almost exclusively centered in the south—hence the name—; how they need to make radical changes to their congregations to be more inclusive such as: “appointing females in leadership positions” and “banning the confederate flag” at their yearly summit.

A religious scholar is brought in and he discusses how the changes such as adding the word sisters to a passage where it reads something to the effect of: “And Jesus said unto them you are brothers”; are because they are changing an archaic idiom so that it is understood, clearly, what Jesus meant without any room for ambiguity.

I think, as I hear all of this, how I made the same observations as a young man, of how much really this supposed word of god is really “The Word of God”. So divine it is, so true and humbling and revealing that it gets edited, in a periodic constant; so that true divinity shines through the words. Although one could venture forth the idea—quite cynically—that the word is being edited, because society has expanded the relationships of individual-to-individual in a way that the words in the bible, perhaps previously edited ad nauseaum, have lost their audience of understanding.

But most importantly, remember: “the first two thousand to arrive will receive a ‘New Christian Edition Bible’ free”.

Time moves on, as do I from street-light to street-light, and so does the radio:

EOTC2 (3)

“…gunman opens fire against members of congress who practiced for a baseball game against their congressional opponents…”

It would seem that those are breaking news indeed, that something like that is out of the ordinary, that some soul-searching and introspection will be required after such an event… but then again, this is what happens in the country in which I live. We had been told it is a commonplace occurrence and citizens and individuals have to be alert—lest we infringe on one another’s liberties.

Right?

But I’ve never agreed fully and blindly with those statements. Jut like I know there are others who also agree that someone standing about with a high powered rifle shooting at others is not commonplace.

Why should it be?

There was even a woman who called in, live on the radio, to relate what she saw, for she lived four houses or so down from where everything happened. But she wasn’t just a witness; she was upset at republican members of congress, saying they’ve gone into hiding—even before this had transpired—, that it was impossible to get a hold of your representative, that they weren’t holding town halls anymore, that they were beholden to special interests, that they were… I don’t know what they were, because the announcer had to cut in: “…I have to stop you there…”

And as the announcer pointedly made clear, at the time, there were no indications regarding the motivations of the alleged gunman.

Yet the whole ordeal made me remember two words from the not so distant past, but not just remember those two words—a name—, also ask a question regarding it all:

What about Gabby Giffords?

Then: it was a man, a loner, who needed mental health. Today… well, we’ve seen it… the responses seem to show a divide so deep, so entrenched that newscasters can do nothing but move on.

“…next can cheap steel be considered a National Security threat? To find out more we go…”

Finally, I have arrived.

More at eleven…

EOTC2 (2)

 

The author does not claim ownership for the radio sound bytes; they belong to his local NPR station (KPCC)

El Desierto (2)

En Afrikáans, lenguaje primordialmente Sudafricano aunque también hablado en otras regiones del cabo sur del continente africano, Die Woestyn traducido al español significa: El Desierto.

La combinación de esas palabras en lenguaje ajeno me hacen sentir un entendimiento interno del universo, por que sé—quizás asumo—que aquellos quienes han experimentado el desierto lo entienden sin distinción de idioma o de nacionalidad.

Se también que hay palabras y/o frases que causan una reacción tremenda en ciertas personas;  dependiendo el individuo es la palabra/frase y el poder de la misma. Esto quizás es una derivación del Síndrome Stendhal, también conocido como hyperkulturemia, término que engloba un numero de reacciones psicosomáticas en el cuerpo humano (mareos, hiperventilación, nausea, entre otras) al ser expuesto a un evento de gran significado personal—particularmente se ha utilizado la expresión para denominar la reacción ocurrida cuando se expone a un individuo frente a piezas de arte.

El lenguaje es arte en constante movimiento.

De igual manera lo es la naturaleza.

 

Existen otras combinaciones de palabras, en multitud de lenguajes, que de igual manera conllevan dentro de si belleza, significado, poder y reacción; se podrían mencionar: nave del olvido, en espanish por supuesto; rosen rot, en el idioma alemán; cellar door, en inglés y de acuerdo a Drew Barrymore; y, también tempus fugit o No Totti No Party! (en esperanto este último me parece).

De igual manera existen multitud de paisajes y zonas climáticas en el semi-ovoide planeta que habitamos.

Pero la belleza tan tajante del desierto, misma que refleja su despiadada naturaleza y balance volátil y frágil, es única a pesar de la cantidad de desiertos existentes. Mismos que pueden ser rocallosos, arenosos, repletos de dunas o en extensión paralela e infinita hasta el horizonte.

Sin embargo, al entrar en contacto con éste ambiente, es casi imposible olvidarle.

La enormidad del mismo sorprende a personas que nunca le han conocido; y quienes han sido criados y alimentados por su calor y aridez, llevan sus enseñanzas de por vida.

He vivido en distintos desiertos, los cuales son tan diferentes y similares, los cuales han impactado a personas europeas que he conocido ante una nada que se extiende, ante llanos áridos que no existen en sus lugares de origen. Finiquitando su experiencia con un: “es sorprendente tanta nada”—pero el desierto no está vacío.

He vivido en distintos desiertos, los cuales son tan nobles como son brutales, los cuales han impactado a personas del lejano oriente que he conocido ante el descubrimiento de una zona de muerte repleta de vida, ante la realidad de nuestra humanidad contrapuesta sobre la naturaleza que nos domina. Sentenciando sus experiencias con un: “como pueden vivir aquí las personas”—pero el desierto no está vacío.

Y he conocido a aquellos quienes también le conocen, le han conocido y no le olvidan. Como todos quienes lo experimentan momentáneamente son condenados a no olvidarle, a soñar que no deberán ser condenados a una vida árida y solitaria, donde incluso la vecindad de otros puede sentirse como penitencia.

Todos ellos han llenado los vacíos desérticos posibles, sus vivencias y sus memorias se mezclan con la temperatura, sudor y arena.

Pero para quienes conocemos sus arenas, sus topografías, sus temperaturas y accidentes terrenales; nos parece algo tan íntimo, tan propio, tan nuestro y tan común. Como la vida y la muerte que se esconden en el paisaje y en sus arenas… mismas que cuentan los segundos de nuestra existencia y nuestro universo.

En honor a los recuerdos… (2)

Este fin de semana hubo eliminatoria mundialista, encuentros amistosos y todo aquello que le gusta a los fanáticos del futbol asociación (soccer). Lamentablemente, coincide con que sea el final de temporada de las ligas europeas y americanas (exceptuando la MLS).

Todo esto da un pequeño aparte para que los aficionados recuerden los motivos de por qué es que gustan de este deporte y hagan introspección respecto a la pasión que tienen respecto a sus equipos predilectos.

Cosa que yo hice hace algún tiempo, en otra plataforma y—quizás—para otro tipo de público. Pero no hay problema, aquí va de nuez para que nos vayamos conociendo:

http://www.la-chicharra.com/?p=4308