A los abuelos

[El autor gusta compartir las siguientes palabras en dedicatoria: Mis abuelos, tanto conocidos y sin conocer, les doy las gracias y lamento su dolor, tanto en vida como después…]

 

Sucedió, el último eslabón ha sido quebrantado y da comienzo la cuenta regresiva que cesará su conteo cuando el siguiente eslabón caiga, un aro más descubriendo un nuevo círculo—más interno, pequeño e íntimo que los anteriores.

Cada quien observa, admira, internaliza y conceptualiza las cosas a su manera. El dolor es una parte más del todo…

 

El dolor es grande, sí, no hay duda alguna al respecto. Quizás por que grandes fueron también los sentimientos, las raíces trazadas a través de tiempo, tierra y sangre, donde sin importar los caminos o los senderos bifurcantes todo comienza con una gota de color carmesí y otra más de sudor, todo tiene un inicio que es tan claro como lo es paradójicamente nebuloso.

Gracias a la divina sapiencia, separándonos de las bestias sin claros lazos filogénicos, es que podemos mirar hacia el pasado para reconocer—o intentar reconocer—a todos aquellos quienes de una u otra manera han compuesto ese organismo que somos hoy: un individuo.

Y es que así es la vida, y a final de cuentas, ¿quién ha existido por entre todos nosotros quien sobreviva la vida misma?

Nadie.

 

Existimos solamente por que tenemos un fin (quizás). Y hay un fin por la única razón y motivo de nuestra existencia (también quizás)—es la paradoja de la vida, del alma, del universo y de todo lo que desconocemos por miedo a lo que las respuestas puedan aclararnos.

Lo sé por que he observado las flamas de la vida apagarse, como una flama olímpica dentro de un estadio vacío; testigo he sido una vez, dos veces, y, con certeza cruel y despiadada, una tercera vez.

No creo poder adjudicar el nivel correcto de dolor a cada una de las flamas. Y, para que la vida continúe en sus peripecias de justicia e injusticia, flamas existieron antes de que yo lo hiciera y fueron a su vez también extinguidas—con mismo valor y poder, que no necesito haber existido aun para que mi existencia fuese formada por otros.

Esa es la vida que conocemos. Esa es la vida que existe.

Esa, es la vida.

 

Ya no pienso en el favoritismo, veneno infantil de palabras susurradas a espaldas de los demás, ni en el hecho de ser querido por quienes han ya desaparecido a mayor o menor nivel que otros quienes aun se encuentran con vida.

Quizás sí lo fui (querido), quizás lo soy y lo seguiré siendo, aunque también existe la posibilidad de nunca haberlo sido y solamente escuchar palabras vacías de significado y sentimiento. Por que a final de cuentas eso es lo que hace un abuelo o una abuela: intenta apaciguar toda aspereza existente en la relación de padres y críos.

Son las manos de esos hombres y esas mujeres, las que intentan retirar toda espina del tallo de la vida; no queriendo ellos que el ciclo observado y atestiguado como partícipes, por ellos mismos y otros más, continúe en perpetuidad.

Ese es el beneficio del abuelo.

 

Y con esos pensamientos de tallos, espinas y jardines bíblicos y paganos de vida y amor es que despido a mi abuela paterna. El último eslabón, el último soporte que desvanece, y sobre nosotros cae la inmensidad de su vida, caen las espinas que guardó entre brazos, cae el amor guardado y el silencio inadmisible.

Y serán después, por consecuencia, otros los que tomen ese peso, esa carga, esa familia, y traten de continuar la marcha por los canales intransigentes del tiempo, del espacio y de la vida. Mientras tanto los demás viviremos pensando en esos ayeres sin fecha, en esos te quiero sin hablarse, en esos arrepentimientos de ego y soberbia. Para finalmente, como críos que somos y fuimos, terminar nuestros rezos con un te quiero y un te extraño.

Que ya no hay más, y, a la llegada del final verdadero, nada más quedará…

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