En honor a los recuerdos… (5)

Abuelos, esos seres místicos que aprendemos a entender y querer solamente muy tarde en vida…

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Die Bos

En el mismo lenguaje que dio nacimiento a Die Woestyn (afrikáans), y todo lo que esas palabras implican y conllevan para otras personas y su servidor—en papel de narrador y protagonista—, para describir lo opuesto al desierto, más no necesariamente al sentimiento subjetivo que lo mismo puede evocar, se dice (y escribe) lo siguiente: Die Bos (El Bosque).

Y esto es algo que hasta la fecha no he conocido ni he experimentado en carne propia.

Quizás por esta falta palpable de identificación personal con el término extranjero es que Die Bos no tiene ese efecto stendhaliano (hyperkulturemia) en mi (aun), mismo que Die Woestyn ha tenido hasta la fecha sobre mi persona.

Debo tomarme unos momentos para hacer hincapié respecto a tres sustantivos de gran importancia en la premisa expuesta en el párrafo anterior: hasta la fecha. Que bien nos dijo un poeta hace algún tiempo: “Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar…”

 

Me encuentro el día de hoy a un mes de lo que será celebrado como mi cumpleaños numero 32, tres décadas y dos años de vida. He tenido la oportunidad durante este tiempo de conocer a personas de distintos continentes, conocer distintas ciudades, escuchar las experiencias de aquellos cuya cultura es diferente a la mía, en fin, no soy un trotamundo pero he experimentado más allá de mi nariz—parafraseando algo que diría un antiguo escritor castellano.

También he conocido algunas de las zonas climáticas y topográficas que nuestro globo terráqueo nos proporciona; más no todas (como dije, no soy trotamundo). Y ese es el punto operante en mi actualidad.

Sí, estoy consciente al respecto de la existencia de bosques, tundra, estepa y demás locaciones distintas al desierto y a la ciudad—mismos que han sido mis dos residencias de longevidad en mis treinta años “y feria” de vida. Consciente también me encuentro de que inclusive mi esposa se cuenta entre las personas quienes han caminado por entre los troncos de árboles gigantes que se postran de manera ciclópea sobre nosotros los pequeños seres humanos, quienes han respirado el oxígeno puro de la naturaleza sin contaminar por dióxido o monóxido de carbono y otros gases nobles (o plebeyos), y, quienes han mirado las superficies cristalinas de cuerpos de agua sin perturbar por embarcaciones o construcciones de humanas conveniencias.

Aunque también, finalmente, me encuentro sumamente consciente de que mi falta de experiencia personal no demerita la grandeza y belleza de los bosques, así como mi trato con aquellos quienes han experimentado un bosque, o múltiples, no hace que las experiencias sean transferibles a mi persona por medio de la ósmosis.

A pesar de escuchar a mi esposa y otros expertos, en lo que a boscus se refiere, no tengo una certeza respecto a lo que encontraré, ¿árboles? ¿aire puro? ¿cielos claros y abiertos? Me supongo que un poco de todo eso habrá, pero, ¿Cómo es que se siente la corteza de un árbol que ha vivido por cientos de años contra la palma de un humano que ha vivido solamente una fracción de lo mismo? ¿Con qué adjetivos puede describirse la claridad e inmensidad de un cielo abierto, sin nubes, sin la constante turbiedad de la existencia humana raspando sus colores y manchando su estela? ¿Cuál es el olor y el sentimiento del aire puro en los pulmones de un humano que ha respirado una mezcla de gases, polvos, partículas y humanidad por la mayor parte su existencia?

Esas y más son las preguntas que busco responder. Respuestas que serán, me parece, derivadas de mucha introspección y se transmitirán en su mayoría gracias a mi subconsciente.

 

Será debido al hecho de que existí en una comunidad diametralmente opuesta a lo que se entiende por Die Bos, que mi curiosidad simplemente ha ido aumentando con el paso de los años—que ya me pasó en años anteriores, desde pubertad hasta adultez, esa cuasi-desesperación debido a lo que yo desconocía. Como por ejemplo el conocer tanto flora como fauna anteriormente desconocidas en mi universo personal; mencionando también que el entendimiento de las mismas ya es cosa aparte, con el simple hecho de experimentar ambas me doy por bien servido. El entendimiento y el raciocinio pueden venir después, son bienvenidos.

Será por los motivos conscientes y subconscientes que sean, pero a final de cuentas esa curiosidad se ha anidado en mí ser por los últimos 5 años—y se ha hecho una metástasis de la misma en los últimos 3—que no me permite dejar de lado su existencia. Y mis deseos, como todo en la vida que vivimos, tienen sus obstáculos y sus imposibilidades; mismos que pueden ser desde problemas de salud, hospitalizaciones, falta momentánea de capital, cambio de planes debido a emergencias familiares.

Entiendo también que la magnitud de mis contratiempos (respecto a viajes de placer, ni más ni menos), contrapuesta con la magnitud que los problemas que otras personas pueden experimentar, es quizás irrelevante o menor, así que debo aclarar que no digo que lo que me pasó a mi es mejor o peor; es, simplemente, algo que pasó y por ende debo mencionarlo en mi narrativa.

Pero así le daremos comienzo a la cuenta regresiva de treinta días, al final de la cual (esperamos) se dará lugar a todo suceso y podré entonces experimentar, a mayor o menor grado, la inmensidad, belleza y perfección de lo mismo a lo que me he referido en todo lo precedente:

Die Bos

Las crónicas de Don Chon (3)

YO SOY ESCARTAPO

[Memorias por parte del autor respecto a su participación en el grito que la FIFA busca eliminar por parte de la afición mexicana, sucedidas las mismas dentro del partido México contra Jamaica por parte de la Copa América Centenario en el Rose Bowl de Pasadena, California, un Jueves, 9 de junio del 2016]

 

Mientras corría mis vueltas a la cuadra (cuesta arriba en dirección al sur y cuesta abajo regresando al norte), buscando ganarle la carrera a la diabetes y la alta presión, me topé a lo lejos con Don Chon quien me pidió acompañarlo en lo que iba a su casa, que por qué me quería decir unas cosas.

Al ir caminando a la par del abarrotero, nació en mi el reconocimiento de saber a donde le estaba tirando Don Chon con sus argumentos; pero de igual manera, nació una pregunta que nunca antes me había interesado: “¿en dónde vive Don Chon?”. Respuesta que obtendría más adelante y solamente a medias.

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“a ver sicierto ¿no qué no?”—acusó finalmente Don Chon, regresándome a la sudada realidad. Pero pues como yo ya le había dicho que sí, entonces, ¿ni modo que no? y todo esto yo sé que me lo cuestiona por la platica anterior que tuvimos, donde salió a relucir el grito ese mañoso y latoso al despertar el portero contrario.

Sí—finalmente le contesté al hombre de corta estatura.

Fue hace como un año que sucedió, en el México contra Jamaica de la Copa América Centenario, pero a final de cuentas fue.

Por eso ni modo de decirle cosas que no son ciertas, yo ya le había dado a entender, cuando recién le había platicado que asistí al partido, que fui partícipe del cántico homofóbico. Curiosamente, por lo menos en mi experiencia, lo viví de muchas maneras, ya que fui partícipe como aficionado al Tri; pero de esos que dicen “ni madres no me importa la selección” en público, pero que ahí andan despejando la agenda cuando se dan cuenta que juega la selección y tienen compromiso previo.

De igual manera viví lo sucedido como una novedad, ya que acompañándome se encontraba mi esposa y sus compañeros de trabajo (el dueño de su empresa y asociados). Cabe mencionar que a pesar de tener todos ellos nombres y apellidos hispanos, su lengua madre es el inglés y su equipo es el de las barras y las estrellas. Sin embargo todos ellos, al llegar al Rose Bowl mi esposa y yo, comenzaron a preguntarnos, debido a nuestro experto manejo del español, respecto al grito y la manera y el momento en el que debían gritar Puto (que no hay mucho pierde respecto a la inflexión de la palabra la verdad, pero ahí andaban afinando detalles).

Dentro del estadio, en el graderío, se sucedieron uno, dos, tres despejes de meta por parte del portero jamaiquino y se escuchó una, dos, tres veces el grito. A la cuarta ocasión, cuando el portero se tomó más de la cuenta para despejar, las personas junto a nosotros extendieron sus manos hacia el portero y comenzaron ese zumbido de: “eeeeeeeeeeh”, que continúa en crescendo “EEEEEEEEEH”, esperando el despeje de portería; el cual, nuevamente, no llegaba.

Debido a la demora, la persona a mi derecha llamó mi atención con un codazo suave y me miró subiendo y bajando sus cejas, su mensaje: “únete ca’ón”. Me uní. “eeeeeeeeeeeeEEEEEEEEEEEEH  ¡Puto!”.

Risas por doquier. Mi esposa y sus compañeros de trabajo aplaudían y reían, y después aplaudían a Chichadios por habernos bendecido la tarde con un gol.

El quinto despeje de meta fue la mesma; gritamos y nos reímos todos, como cuando dicen groserías los niños imitando a los adultos. El sexto… ahí cambió la dinámica.

El portero jamaiquino nuevamente se demoró y al enfilarse a despejar, se detuvo y acomodó el balón de nueva cuenta; sin embargo, el público presente se fue con la finta y gritaron antes de tiempo.

Así que al acomodar el balón el portero, y demorarse nuevamente, comenzó el murmullo en crescendo y, nuevamente, se fueron todos con la finta ya que no despejó el amigo. Y ahí sí, despertó la perrada.

“¡Pinche negro ya le gustó ser puto!” gritó alguien del graderío y estallaron las carcajadas en la cabecera donde nos encontrábamos. Seguido todo esto por un cántico similar a una canción de Molotov.

La esposa del jefe de mi esposa nos miró y preguntó entre sonrisas: “what did that guy scream?

Nothing.

 

Supongo que pude haber sido menos dramático y decirle la verdad de lo que aquel individuo espetó, pero fue en ese momento que miré un par de filas delante de nuestro grupo, a un pequeño contingente de fanáticos de los Reggae Boyzz (la selección jamaiquina, no el grupo musical). Pero no fue solamente el hecho de verlos con sus jerseys verdiamarillas con negro lo que suscitó un cambió dentro de mi; vi también sus rostros y lo que ellos transmitían.

Había comprensión en los mismos—o por lo menos en los ojos mielosos del hombre de piel oscura y rastras con quien mi mirada se topó. Ellos sabían, con el entendimiento que el vox populi da, que la mayoría de los aficionados dentro del Rose Bowl estaban ululando algo no necesariamente positivo, no estaban nada más cantando una porra; estaban todos ellos gritando algo con agresión, con la valentía supuesta de la diferencia de lenguaje, con el valor que nace de andar haciendo fechorías en bola en vez de uno solo.

Así que al séptimo despeje de portería por parte del guardameta isleño, guardé silencio. De nueva cuenta al siguiente, y al siguiente. Y así hasta que terminaron los 90 minutos y venció México a su contrincante.

La realidad es que sí fui partícipe, no me puedo ocultar el ego y decir que no, que no es cierto, que yo nunca hice algo malo. Fui el aficionado número 67,432 dentro del estadio que gritó lo que la FIFA no quiere que se grite.

Y la verdad es que sí puede sonar medio hipócrita que ande metiendo las manos por la organización suiza que disque quiere limpiar el juego—en previas columnas, léalas, no se arrepentirá tanto. Esto siendo yo también culpable de lo mismo; pero la diferencia radica en el entendimiento. Que gacho y que feo que yo haya insultado al equipo nacional de Jamaica en aquella tarde fresca; sin embargo, obtuve el entendimiento suficiente para abstenerme del mismo sin la necesidad de una amonestación por escrito.

Sí, es muy fácil decir que si uno ya pecó ya no puede decir nada ni para un lado ni para el otro. Pero también hay que ver lo que sucedió y como sucedió previo a lo que está ocurriendo en la actualidad. Digo, ahí andan todos ahorita con su dios guarde por que Juan Carlos Osorio diga groserías durante el juego, mientras que por otro lado el Piojo se agarra a madrazos con Martinoli y ahí sí, que chusco, que chistoso, que curioso y pícaro es el mexicano—finalicé mi narrativa para con Don Chon.

 

“sí pues, ya sé como dice, como la película del Kubrick, la del Scartapus”—Spartacus le corregí no queriendo sonar soberbio, o mamón por lo menos—“¿pues qué dije? Scartapus es lo que dije, ya ve que sí sé”

Y sí, tiene razón Don Chon (creo yo). Que todos somos como el Espartaco. Todos hemos cometido una atrocidad moral por aquí o por allá. Tenemos una cola o un rabo que cuelga peligrosamente de nuestro coxis exponiéndose a ser pisado—me parece fue a lo que Don Chon se refería, es lo que pensé mientras me contaba que el también gritó lo mismo una vez en el estadio Jalisco.

Sin embargo, nuestra conversación fue abruptamente interrumpida al detenerse mi amigo de las piernas cortas frente a una residencia de ladrillo y de muy buen ver. Me sentí avergonzado al ser mi prejuicio expuesto de manera tan grande, ya que la sorpresa era visible en mi rostro: “¡Aquí vive Don Chon!”. En vez de sentirme alegre por un compatriota de la tierra donde nacieron mis padres, quien a base de trabajo duro logró hacerse de un honroso y bien visto hogar, lo juzgué por sus ropas y su sombrerito de campo (que haga o no haga sol siempre trae a la mano).

Ahí estaba yo, erróneamente hablándole respecto a insultos y tradición, respecto a conveniencia e ignorancia, respecto a prejuicio y malicia. Mientras que el buen y humilde hombre de negocios—de seguro al ver mi reacción—se mostraba inamovible, inmutable, callado y con la mirada rehuyendo la mía, observando el horizonte detrás de mi persona.

Me pareció que esperaba el señor mi retirada, a riesgo de tener que invitarme a pasar o algo así, siendo que me había comportado de manera poco intelectual y propia hacia Don Chon. Y fue él mismo quien me salvo de ahogarme en mi mar de prejuicios y errores.

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Hogar frente al cual se detuvo Don Chon

óra’ pues, ahí luego le seguimos”—dijo Don Chon, mientras abordaba el autobús de LA Metro que leía “91 Downtown LA – Hill – Venice”.

Y fue así que supe que Don Chon no vive en Glendale.

 

A él, quien no es como yo…

Hace un año lo escribí, respecto a una persona juzgada por su apariencia. Y la verdad es que en la sociedad donde yo existí lo sentía como un gran pesar, para solamente descubrir que en otras sociedades la realidad es distinta… y no siempre para bien.

El texto al cual me refiero se encuentra siguiendo el vínculo a continuación:

http://www.la-chicharra.com/?p=4408